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RESURGIENDO DE ENTRE LOS ESCOMBROS DE UN PUEBLO


By Blanca Rodriguez

El resoplar del aire, el silbido de los pajarillos, las voces de mi padre y hermanos, de mi tía y mi voz, eran los únicos sonidos que podían escucharse ese día en el que visitábamos las ruinas de lo que un día fue mi querido pueblo de Padilla Viejo. Mientras ellos señalaban los lugares en los que habían vivido sus amigos y familiares, muchos de sus recuerdos, aventuras e historias salieron a relucir. Fue como si de pronto, aquel desolado lugar hubiera resurgido de entre los escombros hacia la vida una vez más.

A pesar de que no recuerdo el momento en el que emigré de mi pueblo natal; Padilla, ese día, estando ahí una vez más, un sentir de pertenencia y empatía así como una sensación de melancolía florecieron en mi interior. Mientras escuchaba como mi familia con tanta emoción hablaba de algunas de sus muchas historias vividas en esas calles y en lo que quedaba de lo que fueron los edificios, pensé en el día en que mi gente dejó atrás su amado pueblo. 

Súbitamente, muchas historias que había escuchado de boca de mis abuelos, padres, hermanos y familia cobraron sentido en mi mente y sacudieron mi corazón. Mientras estaba parada allí, en el mismísimo lugar donde mi tío Esteban y mi papá habían construido nuestra casa, recordé lo que mi madre me contó sobre el momento en el que nací, aquel 24 de junio en Padilla Viejo.

Fue una fresca madrugada del verano del 68. El eco de las ranas que vivían en el estanque de nuestro patio parecía mezclarse con la obscuridad que antecede el amanecer y con el suave viento que soplaba en mi pequeño pueblo ubicado en el centro del estado de Tamaulipas, en México.

Eran alrededor de las tres de la mañana del lunes 24 de junio, cuando Nicolasa Muñoz Palomo dio a luz a su última hija en el interior de su humilde casita. Aquel fue un momento memorable en la vida de mi familia.

Por un lado ellos experimentaban el milagro de una nueva vida y por otro, el ocaso de nuestro pueblo. Ese fue el escenario en el que este mundo me dio la bienvenida, la primera vez que mis ojos vieron la luz, rodeada de amor, de naturaleza y de un espíritu de fe y esperanza que lucharía contra la incertidumbre del futuro de mi pueblo.

Algunos días antes de mi nacimiento, la gente de Padilla había celebrado el día del santo patrón del pueblo, San Antonio de Padua. De acuerdo con la tradición Católica, este día se celebra la vida y obras de San Antonio. Así como otras comunidades rurales en México, Padilla Viejo tenía sus propias fiestas tradicionales y religiosas. En este caso, el día de San Antonio era la segunda celebración más importante después de las posadas en Diciembre. San Antonio era considerado el patrón de Padilla. De hecho, el nombre oficial del pueblo era San Antonio de Padilla. Esta celebración era entonces muy especial, de tal modo que el párroco de la iglesia oficiaba dos misas en honor a San Antonio y al mediodía, personas comisionadas con antelación para ello, tenían a su cargo la vendimia de comida.

La Plaza principal era el lugar elegido para ser el centro de dicha vendimia con todo tipo de antojitos mexicanos como tamales, gorditas, flautas, tacos, enchiladas y menudo.

Junto al área de la comida también estaba el área de los juegos mecánicos y el lugar donde otras personas asignadas para ello organizaban rifas y algunos otros juegos como la lotería. El kiosco, que se encontraba justo en el centro de la plaza era el escenario donde la banda de músicos de Padilla deleitaba a los asistentes.

Todos estos elementos en conjunto formaban lo que todos conocían como la “kermesse”, lo cual es una celebración pública organizada comúnmente en iglesias y/o escuelas en México para reunir dinero.

La comida era una de las cosas más disfrutadas durante la kermesse. La mezcla de los deliciosos olores producida por la comida hecha en leña era tan intenso que incluso, caminando a cuadras de la Plaza, se podía saber lo que estaban cocinando.

Tan pronto como la kermesse iniciaba, las familias empezaban a congregarse en la plaza para disfrutar de la lotería y las rifas. Tomando sus lugares alrededor de las mesas colocadas previamente, los participantes escuchaban cuidadosamente cuando la persona mencionaba cada baraja de la lotería: “El nopal, la botella, la chalupa, el gallo…” Cuando súbitamente uno de los jugadores gritaba “¡buena!” el juego tenía que parar y era el turno para que el corredor de la lotería verificara si aquella persona era realmente el ganador. 

La lotería era un juego muy popular entre las personas que atendían estas festividades y en este sentido los padillenses no eran la excepción a la regla. Ellos disfrutaban jugar lotería no sólo porque era una oportunidad para compartir tiempo con la familia y amigos, sino también por la emoción de ganar algunos premios.

A pesar de que los premios eran muy sencillos, como contenedores de plástico, bolsas de frijol o arroz, comida en lata, jabón o champú, eran cosas muy útiles para los participantes que en su mayoría era gente muy pobre.

Junto a los puestos de comida, en el centro de la plaza estaba el kiosco. Ahí la banda local tocaba sus instrumentos: acordeones, guitarras, tambores, trompetas y bajos. Los nombres de los músicos eran Francisco Díaz, el primo de mi abuelita Manuela, quien fungía como el director de la banda. Sabino Díaz, el hermano de mi abuelita, José Acevedo, Juan Guevara, y Francisco Selvera. Mi papá contaba que estos músicos tocaban en la plaza y en las kermeses de la iglesia. Siempre fueron voluntarios y no cobraban ni un sólo peso. Sin embargo, para los habitantes de Padilla ellos eran sus músicos; sus artistas, quienes estuvieron con su pueblo hasta el último minuto.

Yo viví en Padilla hasta los dos años de edad. Padilla era un pequeño pero pintoresco pueblo con una hermosa plaza y bancas de concreto blancas a su alrededor. Al oeste de la plaza estaba la iglesia. Al norte de la plaza estaba la escuela primaria Miguel Hidalgo, y junto a esta se encontraba ubicado el monumento a Agustín de Iturbide, quien fue emperador de México, justo después de la Independencia en 1821. Tres años después de este acontecimiento, en 1824 Iturbide fue ejecutado por un pelotón en Padilla Viejo, después de haber sido considerado traidor a la patria. La enseñanza acerca de este evento histórico era algo obligado para los maestros de la escuela primaria local. Mis abuelos, padres, hermanos y demás familiares platicaban que los maestros les enseñaban dos hechos acerca de Iturbide. El primero era que Agustín de Iturbide traicionó a México y como traidor debía morir. El segundo, que Iturbide fue sepultado frente a la plaza, justo a un lado de la iglesia, debido a que profesaba la religión católica.

Caminando desde la iglesia y atravesando la plaza rumbo al norte, se encontraba mi casa. Estaba aproximadamente a dos cuadras de la escuela. Tenía un gran patio lleno de plantas y árboles que mi mamá había plantado. Teníamos muchas clases de árboles frutales como naranjo, limón, guayaba y aguacate. También teníamos sembradas nopaleras. Como mi mamá amaba las plantas, ella también sembraba flores. Mi casa también tenía un estanque natural y una pileta pequeña que mi tío Esteban había construido para guardar agua en momentos de escasez o para evitar ir hasta el río por ella.

Aproximadamente a dos kilómetros al este de la plaza principal y cerca del río Purificación, estaba la casa de mis abuelitos. El río corría de norte a sur en Padilla Viejo. Era un precioso y caudaloso río de aproximadamente 100 metros de ancho. En la orilla del río había unos centenarios cipreses, frondosos y fuertes.

Como la casa de mis abuelitos estaba muy cerca del río, mis hermanos, mis primos y primas, pasaban mucho tiempo jugando y nadando en el río. Ellos decían que “era como tener una gran alberca en tu patio”  Cuando regresaban a casa de mi abuelita, ella les tenía preparada comida deliciosa como sopa de fideo, frijoles, mole, picadillo, arroz o nopales, siempre acompañados de tortillas recién hechas por ella misma. 

Mis abuelitos, Ángel Rodríguez y Manuela Díaz, eran los padres de mi papá. Ellos fueron los únicos abuelos que conocí, porque los padres de mi mamá, Hermenegildo Muñoz y Epifania Palomo, murieron antes de que yo naciera. Sin embargo, aún tengo recuerdos de ellos  por las historias que mi mamá ha compartido conmigo. Por ejemplo, que mis abuelitos eran muy trabajadores y que tenían ganado, como vacas y cerdos, así como grandes extensiones de tierra para sembrar.

Cuando mi mamá era joven, ella y mi abuelita Epifania hacían queso fresco, crema y mantequilla que después vendían en el mercado. Según platicas de mi mamá, mi abuelita Pifa (a quien así le llamaba la gente de cariño), hacía los quesos más deliciosos de todo Padilla Viejo. La gente hacia fila para comprar sus quesos. Muchos ya no alcanzaban a comprar porque se agotaban rápidamente.

De la misma manera, mi abuelito Hermenegildo, quien mi mamá recuerda como un hombre muy generoso, disfrutaba mucho de cuidar sus vacas y puercos, como también de sembrar sus parcelas. Él, usualmente dejaba una porción de sus cosechas en las parcelas para que la gente más pobre de Padilla agarrara de los frutos de sus sembradíos. Debido a esto, él era muy querido entre las personas. Mi madre me ha contado algunas historias acerca de mi abuelito Hermenegildo (a quien la gente por cariño lo llamaba Merejo). Una de esas historias trata de la primera televisión que hubo en Padilla. Por el año de 1962 la familia García de Los Reyes, una de las familias más pudientes del pueblo, compró una televisión en blanco y negro. Ellos tenían una enorme casa con un ventanal en la sala. Esta ventana daba hacia la calle. Su casa tenía una barda que rodeaba todo el terreno. Caminando por la calle y mirando por la ventana de la sala se podía distinguir un poco del interior de la casa. Cuando los García trajeron la TV, la gente que pasaba por la calle se paraba muy cerca a la barda para ver las maravillosas imágenes proyectadas en la televisión. Sin embargo, la señora García no permitía a nadie pasar al interior de su casa; incluso, le disgustaba que la gente caminara por su banqueta para ver hacia adentro.

Sin importarle, la gente seguía caminando por la banqueta frente a la casa de los García una y otra vez, intentando ver algo de los programas de televisión. Mi mamá contaba que un día mi abuelito Hermenegildo trajo a mi hermana Lulú, a ver la televisión desde la cerca de la casa de los García. En aquel entonces, mi hermana tenía alrededor de cuatro años y mi abuelito la sentaba sobre la cerca. Después de dos o tres ocasiones de hacer lo mismo, la señora García le pidió a mi abuelito que no sentara más a la niña en la cerca de su casa ni que la trajera a ver su televisión por la ventana. Ese día mi abuelito tomo a Lulú y camino de regreso rumbo a su casa. Semanas después del incidente mi abuelito fue al restaurante de Manuel Cepeda, cuando descubrió que don Manuel había traído una televisión para sus clientes. Cuando el señor Cepeda se enteró que la señora García no permitió a mi abuelito traer a su nieta a ver la televisión se molestó mucho y le dijo, “No te preocupes Merejo, cuantas veces quieras traer a tu nieta a ver la televisión aquí, eres bienvenido”. Mi mamá nos contaba que inclusive algunas veces el Sr. Cepeda le daba tazas de café gratis a mi abuelito.

A pesar que nunca conocí a mis abuelitos Epifania y Hermenegildo, siento como si los hubiera tratado muy de cerca gracias a las historias que mi familia y otras personas me han contado sobre ellos. De la misma manera, mi abuelita Manuela, disfrutaba contarnos historias acerca de Padilla Viejo. No importaba si era una persona o muchas quienes la oían, ella siempre tenía algo interesante que contar sobre sus antepasados y sobre la gente valiente de Padilla Viejo. Por ejemplo, la historia de cuando mi mamá salvó la vida de doña Vicenta Selvera, quien tenía un molino en Padilla (un molino es una máquina para moler las semillas de maíz y hacer con ellas tortillas).

Debido a que Padilla era una comunidad rural no teníamos agua potable en casa; así que la gente iba al río para traer agua en contenedores y después usarla para lavar trastes o lavar ropa. Era muy común ver a las mujeres muy temprano camino al río para lavar.

Un día la Sra. Selvera fue al río a nadar con unas amigas. Después de un rato llegó mi mamá con unas amigas también. Cuando mi mamá llegó al río se dio cuenta que la Sra. Selvera quien estaba en la parte profunda del río, empezó a gritar, “¡Ayúdenme, ayúdenme!”. Sus amigas empezaron a gritar pidiendo ayuda también, pero nadie hacía nada al respecto. Mi mamá les gritaba diciendo, “¡Ayúdenla, se está ahogando!” Pero ellas tenían miedo y estaban tan espantadas que no podían acercársele. Mi mamá al ver que nadie iba a hacer nada pensó- “¡Ella se va a morir, no puedo permitir que eso suceda!” Entonces mi madre, valientemente se echó un clavado, nadó hacia ella y alcanzándola de su cabello la jaló hasta que ambas llegaron a la orilla. Allí mi mamá dio resucitación cardiopulmonar de la mejor manera que pudo. Después de un rato la señora Selvera volvió en sí y estando en el suelo, todavía recuperándose, agradeció a mi mamá por salvarla. Mientras tanto, su esposo alarmado, después de haber sido notificado del incidente, se acercaba rápidamente hacia ella.

Todas las mujeres, incluyendo la Sra. Selvera, así como su esposo reconocieron la valentía de mi madre, quien a pesar de sus dieciséis años, tuvo el valor de lanzarse en la parte honda del río para salvar a una mujer mayor que ella (en aquel entonces, la Sra. Selvera tenía treinta y nueve años).

Desde ese día, mi mamá nunca pago porque le molieran el maíz en el molino de la familia Selvera. Y por si eso fuera poco, tampoco tuvo que hacer fila como las demás personas que iban a moler sus granos. Esta fue la manera como don Julián y doña Vicenta Selvera agradecieron a mi madre por su heroísmo.

Después de ese incidente, mi mamá regularmente se levantaba a las cinco de la mañana e iba al molino de doña Vicenta Selvera para después hacer tortillas. Después ella cocinaba y empacaba el lonche para mi papá, quien tenía un trabajo como supervisor en la presa “Vicente Guerrero”.

La gran presa Vicente Guerrero, era formada por el agua de tres ríos; el río Corona, el Purificación y el Pilón.  A mi papá le gustaba invitar a mis hermanos los fines de semana a checar el nivel de agua de la presa. La única condición que él les ponía era que se levantaran muy temprano. Mi hermano Ricardo cuenta que él y mis hermanos cuates, pescaban grandes cantidades de sardinas en la parte de arriba de la presa. Ellos disfrutaban mucho el tiempo que pasaban ahí juntos.

Cuando yo era bebé, mientras mis hermanos iban a la escuela, mi mamá me cuidaba a la vez que cumplía con todas las labores que las mujeres en aquel tiempo usualmente realizaban. Ya cuando mis hermanos llegaban de la escuela ellos me cuidaban. Mi hermano Ricardo me contó que un día cuando yo estaba aprendiendo a caminar, antes que cumpliera un año de edad, él puso una sandía en el patio de mi casa y entonces yo di mis primeros pasos para alcanzarla.

Meses después, cuando ya casi tenía dos años de edad, mi hermano Ricardo y mi hermana Lulú, construyeron un pequeño carrito que usaban como carriola. Era un carrito que hicieron con una caja de madera vieja al que le agregaron una base con cuatro ruedas. Yo me metía en el carrito y ellos me paseaban alrededor del patio. Mi hermano cuenta que a mí me encantaba subirme, hasta el día en que paseando en él, me caí. Ese día dos de nuestros amiguitos de al lado de la casa estaban jugando con nosotros en el carrito.

Mis vecinos regularmente venían a jugar a mi casa saliendo de la escuela y después mi mamá los invitaba a comer. Nos hacía frijoles, arroz, nopales, verdolagas o cualquier cosa que ella tenía. A pesar de que mi mamá no tenía mucho dinero para cocinar diferentes tipos de comida, siempre decía: “Compartamos con nuestros amigos las bendiciones que Dios nos ha dado hoy”. Cada uno en el pueblo consideraba a sus vecinos no sólo como tal, sino como miembros de su familia extendida. Todos nos conocíamos; ellos conocían a mi familia y nosotros conocíamos a la suya. Compartimos muchas cosas y nos apoyábamos en las buenas y en las malas. Como resultado, era muy común ver a los vecinos en mi casa o en la casa de mis abuelitos por las tardes, por ejemplo.

A mucha gente le gustaba visitar la casa de mi abuelito Hermenegildo y platicar. Mi abuelito Ángel también era un hombre muy querido y respetado en la comunidad. La gente se quedaba platicando hasta muy tarde en la noche, meciéndose en unos sillones de mimbre que tenía, mientras platicaban historias de Padilla. Algunas de esas historias sucedieron en la época de la Revolución Mexicana, entre 1910 y 1920.

Mi abuelito Ángel contaba que, en 1910 cuando empezó la Revolución, la gente de Padilla huyo a las montañas. Mercedes, mi hermana mayor, también recuerda que mi abuelita Manuela decía que los Villistas llegaban y se llevaban todo. Ellos se robaban mujeres, caballos y cualquier cosa que querían. 

En aquel entonces, había una pareja que tenía una tiendita en el pueblo. Este tipo de tiendas pequeñas son comunmente conocidas en México como changarros. El Sr. Porfirio Trejo y su esposa Juana Chacón de Trejo tenían pues, un changarrito en que hacían y vendían dulces de camote y calabaza. Como en aquel tiempo no existían los bancos, la gente de las comunidades rurales guardaba su dinero en sus propias casas. Algunas veces las personas ponían su dinero en los hornos de adobe o en algún contenedor de la cocina. Así pues, los Trejo tenían sus ahorros escondidos en su casa, pero en el tiempo de la Revolución, cuando los rumores de que los revolucionarios llegarían a Padilla, los Trejo sacaron su dinero de donde lo tenían escondido. Después, lo separaron en dos partes y huyeron con él hacia las montañas. Sus ahorros, que consistía en monedas de oro y plata, los dividieron en dos partes. Una parte la pusieron en un contenedor de cristal y el resto en un costalito.

Tan pronto como ellos se alejaron del pueblo y se adentraron en las montañas buscaron un lugar para esconder su dinero. Encontraron entonces un pequeño barranco y decidieron hacer un pozo en uno de sus lados para esconder ahí el frasco de vidrio, después lo acomodaron y lo cubrieron con tierra y rocas. Después de esconderlo, buscaron otro lugar seguro para esconder el costalito con las monedas. Ellos contaban que lo único que encontraron fue un pozo de armadillos, así que, ante la premura del tiempo ellos se vieron forzados a esconder la mitad de su fortuna en ese lugar y seguir su camino.

Tan pronto como los pobladores de Padilla escucharon que los revolucionarios ya habían pasado por el pueblo, las familias regresaron a sus casas, entre ellos el Sr. y la Sra. Trejo. A su regreso, mientras venían por el camino trataban de localizar el barranco donde habían escondido el frasco de cristal. Ellos buscaron en cada barranco que veían por el camino pero nunca lo encontraron.

Igualmente buscaron el pozo del armadillo donde habían enterrado el costalito. Les tomó mucho tiempo encontrarlo, pero cuando finalmente lo lograron, se sorprendieron de que las monedas estaban regadas en el interior y exterior del pozo. Ellos pensaron que posiblemente los mismos armadillos regresaron a su nido y escarbando regaron las monedas. Ésta era una de las historias favoritas contadas por mis padres sobre la época de la revolución en mi pueblo.

De la misma manera, el abuelo de mi mamá, Juan Muñoz, contaba lo que él hizo cuando los insurgentes llegaron al pueblo. Mi bisabuelo tenía siete hijas y dos hijos. En aquel tiempo sus hijos tenían diecinueve y quince años respectivamente. El mayor, Felipe era ciego. Mi bisabuelo Juan pensó que Felipe no estaba en riesgo de ser llevado por los revolucionarios y con respecto al más joven que era el papá de mi mamá; tampoco, porque todavía era muy chico. Mi bisabuelo Juan, era agricultor, ganadero, y ademas tenia una molienda de caña de azúcar. También tenía animales, corrales y graneros muy grandes llenos de rastrojo y semillas. Él tenía muchas tierras para sembrar que estaban localizadas en las orillas del pueblo.

En el tiempo de la revolución, él decidió quedarse ahí y esconder a su familia. Él envío a sus hijas a esconderse a los graneros. Y se le ocurrió ponerle a mi abuelito Hermenegildo un costal de ixtle en la cabeza y amarrárselo. Después lo amarró con una cuerda de tal modo que no podía moverse desde su cuello hasta sus pies. Mi bisabuelo creía que si veían a un adolescente amarrado ellos no se tomarían el tiempo para desamarrarlo. Esta es la parte interesante de la historia. Mi abuelito Hermenegildo platicaba que cuando los insurgentes llegaron a su casa robaron muchas cosas. Después, cuando se dieron cuenta de que alguien estaba amarrado con un costal en la cabeza, les pareció muy gracioso. Él cuenta que los hombres hicieron burlas de él. Se burlaban de que él no podía caminar ni ver. Entonces tomaron lo que quisieron del lugar y huyeron de ahí dejando a mi abuelito igual que como lo encontraron, con el costal en su cabeza y amarrado.

A pesar de que todas estas historias han sido muy interesantes para mí, hay una en especial que capturó mi atención desde la primera vez que la escuché. La contaba mi abuelita Manuela y era sobre María Petra, la hija del Sr. Candelario Guevara. Mi abuelita contaba que cuando los revolucionarios llegaron a Padilla, María Petra no alcanzó a escapar, entonces se le ocurrió esconderse adentro del cocedor de pan que estaba en el patio de su casa. Este cocedor era un gran horno hecho de adobes de tierra con “sirre”. Ahí, ella se mantuvo segura mientras los revolucionarios asaltaban Padilla.

Antes de 1967 la gente de Padilla vivía su vida de manera normal; disfrutaban juntarse a platicar para recordar sus memorias sobre la revolución, sus aventuras, su tierra, su pueblo. Pero después de ese año, las cosas cambiaron drásticamente para todos.

En 1968, el año en que yo nací, las ultimas noticias que circulaban entre la gente eran sobre la incertidumbre del futuro de Padilla. Los rumores sobre la evacuación del pueblo eran el comentario de todos los días y a toda hora. Mientras tanto, las autoridades deliberaban lo que harían para encausar el agua de los ríos Corona, Purificación y Pilón y concentrarla en la presa Vicente Guerrero.

Meses después se decidió que moverían a toda la población de Padilla Viejo. Tan pronto como los residentes se enteraron de la decisión, muchas preguntas asaltaron sus mentes. Mi familia por su parte experimentó sentimientos de temor, coraje y desconcierto, “¿Qué nos sucederá ahora?” Ellos decían, “¡No nos pueden mover como si fuéramos objetos!”, Otros alegaban. “¿Y qué va a pasar con nuestras tierras, nuestras cosas, nuestra historia?”, “¿Qué pasará con nuestros finados?”. Múltiples preguntas sin respuesta venían a sus mentes desde el día que escucharon las noticias sobre la evacuación.

Al final del año 1970, el éxodo empezó, y junto con él, un cambio radical en el estilo de vida para los casi cuatro mil padillenses. Finalmente, en 1971 mi familia emigro de Padilla Viejo. Mis hermanos y mis padres, junto con la familia de mi papá y de mi mamá, dejamos atrás nuestro querido pueblecito. Lágrimas, coraje, amargura, incertidumbre e impotencia fue lo que experimentamos. Mis padres recuerdan lo triste que fue ver cuando algunos de sus amigos de toda la vida rescataban del cementerio los restos de sus familiares, los cargaban en costales o cajas junto con sus recuerdos, como una de sus más valiosas pertenencias y encaminábanse  hacia su nuevo hogar, lejos de Padilla Viejo.

La banda de músicos quienes acostumbraban tocar los fines de semana y durante las celebraciones del pueblo se disponían ahora a tocar por última vez en el kiosco de la plaza principal. Pero esta ocasión, ellos ya no tenían la algarabía de un público que bailara, gozara, o jugara lotería. Por el contrario, ellos tocaban para un público en cuyos rostros relucía la tristeza, la melancolía, y la resignación.

Tocando “Las golondrinas”, la banda dirigida por mi bisabuelito Francisco Díaz, decía adiós a sus amigos y a la tierra que pronto desaparecería bajo el agua. Mi papá cuenta que algunas personas empacaban entre sus cosas una roca que recogían de las calles de Padilla o una pequeña pieza de la pared de la escuela o de la iglesia, tratando inútilmente de conservar un trozo de su propia historia con ellos mismos.

Mis padres platicaban la historia de uno de los músicos de la banda, El Sr. Xenón Díaz. Un hombre de ochenta años quien vivió toda su vida en Padilla. Él se negaba a irse de su pueblo natal, decía, “Nací aquí, y aquí voy a morir, ésta es mi tierra, la tierra donde mis antepasados murieron”. Dicen mis padres que debido a que él no quería irse de Padilla, cayó en una depresión muy fuerte. Como resultado, su salud se deterioró y enfermó más y nunca se recuperó; tiempo después murió y fue enterrado en el cementerio de Padilla.

Aunque nunca escuché otro caso parecido al del Sr. Díaz, sé que mucha gente dejó Padilla, no por convicción sino por obligación. Después de empacar nuestras pertenencias mis padres emigraron a Ciudad Victoria, donde yo residí hasta 1990. Mientras tanto, parte de la familia de mi papá decidió irse al nuevo pueblo, fundado para los residentes de Padilla Viejo, el cual fue llamado Padilla Nuevo. Para las personas que se fueron a vivir allí, el nombre significó precisamente eso, algo nuevo; todo era nuevo y desconocido para ellos. Algunos decían: “Todas las cosas aquí son diferentes; nada es igual que en Padilla Viejo”

Ese día contemplando los restos de mi pueblo, recordé las palabras del señor Xenón Díaz, entonces extrañé mi Padilla Viejo, extrañé inclusive los momentos que jamás viví allí. Porque esos momentos fueron arrebatados de mi vida cuando forzadamente me convertí en emigrante por primera vez a la edad de dos años.

Después de ese viaje en el que regrese a mi pueblo natal, me pregunté a mí misma, “¿Puede una presa con tres mil novecientos metros cúbicos de agua sepultar las memorias de esas cuatro mil personas? ¿Perdimos nuestra identidad cuando dejamos nuestro pueblo?”

Hoy cuarenta y cuatro años después, mi respuesta es un rotundo no. Por el contrario, me doy cuenta que todos los valores, creencias, y memorias arraigadas en mí, desde mis primeros años de vida en Padilla Viejo han conformado mi identidad como persona, como padillense y como mexicana y estarán siempre conmigo a donde quiera que vaya.

Un autor anónimo dijo, “Las memorias son arquitectos de nuestra identidad.” En mi caso esas memorias han sido construidas no sólo por mí, sino por toda la gente quienes directa o indirectamente han influenciado mi vida. Esas memorias son como pequeñas piezas de nuestro propio rompecabezas llamado identidad, el cual nos da un lugar especial en este mundo inclusive si somos removidos de él.



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BLANCA SILVIA RODRIGUEZ

Blanca Silvia Rodriguez is a Mexican immigrant. She worked twenty years as a teacher and trainer of teachers in her country. When she emigrated to the United States began taking ESL classes at a church. Now she is a college student at Houston Community College. She is pursuing a Master’s degree in Hispanic Studies at the University of Houston.



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